Tuesday, January 30, 2007

El Eslabón Perdido

La Real Academía de la Lengua describe el amor platónico, como un amor idealizado y sin relación sexual... Yo por ahora repaso historias de una vieja amiga.

Ella tenía que verlo a diario sin querer, luego empezó a buscarlo... Queriendo. Ahora, él era más que un requisito de rutina, era el aliento necesario de la mañana. Era la gran recompensa al terminar la jornada. En principio ella creyó que le atraía tanta vulnerabilidad junta pues parecía un ser tímido y frágil. Pero no. De ninguna manera. Sin duda, él era el hombre de las decisiones. Es sólo que la vulnerabilidad en seres como él no es otra cosa más que verdad...verdad junta... de esa que sólo se gana con el tiempo cuando ya no se debe aparentar nada porque se ha hecho lo soñado y el poder se reconoce en el respeto y la credibilidad de los otros. (No en su miedo. Eso es para los cobardes).

Aunque solía jugar a resistirse no podía evitar sonrojarse, ni tampoco, las ganas de reir cuando lo tenía cerca. Sus ojos no podían sostener la sóla frase de una conversación sin tener que dirigirse, casi que por fuerza de gravedad, a sus labios o al bulto en medio de sus piernas. Lo deseaba y sus pupilas la delataban. Él, lo sabía también.

Esa mañana ella caminó hacia el fondo del lugar. Se meneaba lento dejando una estela de feromonas a su paso, a sabiendas de que él la seguiría. Él, obediente, lo hizo. Hola... Ella giró. Rió y sus ojos se aguaron. Quizo llorar por la emoción quizás o, por la dopamina, pero la risa no la dejó. En ese instante supo diáfanamente que lo amaría y tácitamente que, aunque no compartiría una vida a su lado, por lo menos si el destino de la noche.

Las horas pasaron rápido y él llegó con las horas. Lo sedujo mientras bailaba. Danzó con otras pieles y coqueteó con otros hombres del lugar... Parecía que tanta calentura la hacían sentir absolutamente puta. Se paró en medio de las parejas y bailó sola. Pero volvió a él.

El licor navegó por sus venas hasta sumergirla en una laguna mental. Al día siguiente recordaría imágenes latentes de un auto en la autopista, las manos y la ronca carcajada de un travesti y, el sonido rimbombante de un trompeta que acompañó la serenata que él le trajo al carro.

En su casa, él irrumpió en el baño mientras ella orinaba, la levantó del orinal y su ropa interior rodó hasta sus tobillos, levantó su falda y la volteó. Ella se sotuvo de la pared mientras meneaba su coño al ritmo en que daba vueltas su cabeza. Él rodó su cara por su espalda. Aspiraba su piel como si quisiera arrancarle el aroma. Se deslizó. Besó y mordió sus nalgas. Ella cerró la tapa del inodoro y se giró, colocó sus manos en su pecho y volvió a girar. Él se sentó. Ella se le encaramó encima y se posó ansiosa. Él la levantó de la cintura y lo sacó al llegar... Ella sonrió y se sintió tranquila....

Esa noche durmireron abrazados y sintieron por fin calma... Ella se despertó y se fue casi para siempre... algún tiempo después, por voluntad del destino, él sería su compañero en clase de Tantra Yoga.

Un réquiem por ese especímen casi anormal que une lo más trascendental y elevado del amor, con lo más salvaje y básico de nuestro instinto.
Porque adoro ser al puta del hombre que amo...
Porque mi amor nunca pierda la magia del platonísmo y la verdad de la piel.

Wednesday, January 17, 2007

Mi Vecindad

Mary y Peter eran novios. Jugaban conmigo en la calle y luego me llevaban a una habitación y me forzaban a besarme con morocho, un niño que vivía frente a mi casa. Aprisionaban mi diminuta cabeza a la suya y contaban hasta 30. Recuerdo contemplar sus ojos grandes y distorsionados y recuerdo darle un mordisco tan fuerte en su labio hasta hacerlo sangrar. No soporte la sensación de fastidio que me produjo hacer algo que yo no quería y creo entender ahora por qué odio todo lo que me indique obligación. Suelo hacer trampa en mi cabeza para sentir que siempre quiero. Creo que en eso radica mi esperanza.

El viejo Gerardo era profesor de física. Bebía como costumbre en las tardes de fútbol. Oía los partidos en un radio de pilas que solía pegar a su oreja. Cuando su equipo perdía, lloraba y salía disparado al baño. Sus vómitos tapaban la cañería del lavamanos que luego mi mamá destaponaba con un trapero. Era calvo pero sus pocos cabellos siempre estaban despeinados. Usaba lentes de marco grueso y negro. Fue el primer hombre al que vi llorar en la vida.

La señora Amanda vivía con su esposo de bigote negro. Era una pareja de recién casados e infértil. Recuerdo que solía pedirle a mi mamá que me dejara dormir con ella y su marido. En la noche en medio de los dos, me enseñaba a contar de diez en diez. Me gustaba su forma de quererme, me hacía sentir protegida. Aunque pensándolo bien…no sé si ella o la pistola que descargaba su esposo en la mesita junto a la cama todas las noches antes dormir.

Doña Johanna se ponía los calzones en la cabeza mientras hacía los oficios domésticos. Cantaba y procuraba siempre estar hermosa, aunque tenía casi 40. Usaba minifaldas y pintaba sus uñas de rosado. En las noches le gustaba que yo la acompañara a trotar y hacíamos ejercicios para levantar el busto, aunque a mí me saldría ocho años después. Maldecía con una expresión que jamás he vuelto a escuchar y que no sé en realidad qué significa: “Ahh…buchiverde”. Todos en el barrio le traían ganas pero ella sólo tenía ojos para su esposo Gonzalo. Recuerdo las miradas de los dos, y recuerdo adivinar en ellas el morbo, vislumbrar el gusto y el deseo. Miradas por supuesto que jamás vi regalarse a mis papás.

Lunardi… Ay Lunardi… Este era un tipo con la mitad del rostro quemado, no tenía una oreja y el labio inferior le colgaba. La mayor parte del tiempo parecía normal, jugaba conmigo y mis hermanos, sin embargo, en luna llena se acentuaba su pequeño retraso mental, algo que los científicos de hoy en día no esclarecen en algunos pacientes y han llamado como la tierra de nadie. Ahí se ubicaba Lunardi, se encerraba en su guarida en el patio de atrás, que era el que mi mamá le había subarrendado. Recuerdo que se pegaba de la estrofa de una canción que repetía y repetía sin parar. Decía algo así como: “Mujer ingrata porque te fuistes…”. En Lunardi descubrí la enfermedad de la mente… del espíritu… La horrorosa e irrefrenable posesión del ego sobre el yo y el solapado y socarrón odio del ser humano, escondido y disfrazado en la debilidad y la desventaja.

Wednesday, January 10, 2007

Ser Subterránea

Es ver el mundo desde adentro con intensidad, es temer con atrevimiento. Es intentar curar el talento robado y el miedo impregnado. Es tratar de gritar con una mordaza en la boca. Para qué, para quién... Para sí, para mí... sin temor a equivocarme o, a condenarme. La vida no es fácil para muchos y yo... creo que he contado con suerte... Procuro mantener limpio el corazón y las buenas intenciones. Procuro aprender a soportar el edor de la mierda y a cruzar el campo minado danzando. Procuro olvidar los tatuajes del alma. Procuro amar a sabiendas de que el sistema no te da el tiempo, ni tu ambición te da la esperanza para detenerte, para dolorte...

Por qué no escribo mucho Andrés... Por qué tanta indisciplina... A veces por tiempo... A veces por pereza... A veces porque el río sigue contaminado y flota en él la espuma de la mediocridad... Lo único que sé es que me agrada que te diviertas... Eso ayuda a limpiar el río... Porque te juro que con éste blog, al menos por ahora, no pretendo divertir a nadie.

PD: Adoro que me leas. Pero prefiero un comentario y no un reclamo, así sea bien intencionado.
Abajo de éste texto siempre existe la posibilidad. Eso sería una linda sorpresa...

Tuesday, January 02, 2007

Un año más

Hoy 2 de enero estaba en la oficina trabajando. Chanchi había salido a comprar pasteles de carne al supermercado. Yo escribía en el computador y me había conectado a los audífonos del i pod. Así que no podía oir nada, excepto mi música. Desprevenida levanté mi cabeza y no pude evitar la carcajada inmediata, los pasteles de carne volaron por el techo y las carnes de Chanchi rodaron por la alfombra de la oficina. Fue una caida estúpidamente espectacular. 98 kilos de mi rolliza amiga y 430 gramos de los pasteles por ahí desparramados, por ahí como si la mendicidad los hubiera alcanzado. Fue un instante eterno y hermoso porque me devolvió la risa. Pero claro, no por mucho tiempo. Lo verdadermante aparatoso vino después cuando tuve que levantar a Chanchi y me percaté de que en sólo milésimas de segundo yo había transformado mi rostro. Ahora la pena y la angustia eran las sensaciones a exbhibir. Claro ella no es sólo chanchi, también es mi jefe... Así que de inmediato rescaté los pasteles y luego a chanchi.

Pero ¿a qué viene toda esta pendejada? A que ahora sé que no le temo a la vejez, pero sin duda cada año que empieza me hace madurar. Cosa que del todo no me gusta, porque crecer, sin duda, es endurecerse. Porque hay que aparentar, cuidar, disimular, cohibir, trabajar, adular, ahorrar, madrugar, engendrar, abortar, comprar... Verbos, verbos, hacer, hacer, tener que hacer... Y para qué tanta rigidez, si sólo hay una cosa que crece y se endurece divertida, al menos para mí.

Porque este 2007 sea más...