El Eslabón Perdido
La Real Academía de la Lengua describe el amor platónico, como un amor idealizado y sin relación sexual... Yo por ahora repaso historias de una vieja amiga.
Ella tenía que verlo a diario sin querer, luego empezó a buscarlo... Queriendo. Ahora, él era más que un requisito de rutina, era el aliento necesario de la mañana. Era la gran recompensa al terminar la jornada. En principio ella creyó que le atraía tanta vulnerabilidad junta pues parecía un ser tímido y frágil. Pero no. De ninguna manera. Sin duda, él era el hombre de las decisiones. Es sólo que la vulnerabilidad en seres como él no es otra cosa más que verdad...verdad junta... de esa que sólo se gana con el tiempo cuando ya no se debe aparentar nada porque se ha hecho lo soñado y el poder se reconoce en el respeto y la credibilidad de los otros. (No en su miedo. Eso es para los cobardes).
Aunque solía jugar a resistirse no podía evitar sonrojarse, ni tampoco, las ganas de reir cuando lo tenía cerca. Sus ojos no podían sostener la sóla frase de una conversación sin tener que dirigirse, casi que por fuerza de gravedad, a sus labios o al bulto en medio de sus piernas. Lo deseaba y sus pupilas la delataban. Él, lo sabía también.
Esa mañana ella caminó hacia el fondo del lugar. Se meneaba lento dejando una estela de feromonas a su paso, a sabiendas de que él la seguiría. Él, obediente, lo hizo. Hola... Ella giró. Rió y sus ojos se aguaron. Quizo llorar por la emoción quizás o, por la dopamina, pero la risa no la dejó. En ese instante supo diáfanamente que lo amaría y tácitamente que, aunque no compartiría una vida a su lado, por lo menos si el destino de la noche.
Las horas pasaron rápido y él llegó con las horas. Lo sedujo mientras bailaba. Danzó con otras pieles y coqueteó con otros hombres del lugar... Parecía que tanta calentura la hacían sentir absolutamente puta. Se paró en medio de las parejas y bailó sola. Pero volvió a él.
El licor navegó por sus venas hasta sumergirla en una laguna mental. Al día siguiente recordaría imágenes latentes de un auto en la autopista, las manos y la ronca carcajada de un travesti y, el sonido rimbombante de un trompeta que acompañó la serenata que él le trajo al carro.
En su casa, él irrumpió en el baño mientras ella orinaba, la levantó del orinal y su ropa interior rodó hasta sus tobillos, levantó su falda y la volteó. Ella se sotuvo de la pared mientras meneaba su coño al ritmo en que daba vueltas su cabeza. Él rodó su cara por su espalda. Aspiraba su piel como si quisiera arrancarle el aroma. Se deslizó. Besó y mordió sus nalgas. Ella cerró la tapa del inodoro y se giró, colocó sus manos en su pecho y volvió a girar. Él se sentó. Ella se le encaramó encima y se posó ansiosa. Él la levantó de la cintura y lo sacó al llegar... Ella sonrió y se sintió tranquila....
Esa noche durmireron abrazados y sintieron por fin calma... Ella se despertó y se fue casi para siempre... algún tiempo después, por voluntad del destino, él sería su compañero en clase de Tantra Yoga.
Un réquiem por ese especímen casi anormal que une lo más trascendental y elevado del amor, con lo más salvaje y básico de nuestro instinto.
Porque adoro ser al puta del hombre que amo...
Porque mi amor nunca pierda la magia del platonísmo y la verdad de la piel.
Ella tenía que verlo a diario sin querer, luego empezó a buscarlo... Queriendo. Ahora, él era más que un requisito de rutina, era el aliento necesario de la mañana. Era la gran recompensa al terminar la jornada. En principio ella creyó que le atraía tanta vulnerabilidad junta pues parecía un ser tímido y frágil. Pero no. De ninguna manera. Sin duda, él era el hombre de las decisiones. Es sólo que la vulnerabilidad en seres como él no es otra cosa más que verdad...verdad junta... de esa que sólo se gana con el tiempo cuando ya no se debe aparentar nada porque se ha hecho lo soñado y el poder se reconoce en el respeto y la credibilidad de los otros. (No en su miedo. Eso es para los cobardes).
Aunque solía jugar a resistirse no podía evitar sonrojarse, ni tampoco, las ganas de reir cuando lo tenía cerca. Sus ojos no podían sostener la sóla frase de una conversación sin tener que dirigirse, casi que por fuerza de gravedad, a sus labios o al bulto en medio de sus piernas. Lo deseaba y sus pupilas la delataban. Él, lo sabía también.
Esa mañana ella caminó hacia el fondo del lugar. Se meneaba lento dejando una estela de feromonas a su paso, a sabiendas de que él la seguiría. Él, obediente, lo hizo. Hola... Ella giró. Rió y sus ojos se aguaron. Quizo llorar por la emoción quizás o, por la dopamina, pero la risa no la dejó. En ese instante supo diáfanamente que lo amaría y tácitamente que, aunque no compartiría una vida a su lado, por lo menos si el destino de la noche.
Las horas pasaron rápido y él llegó con las horas. Lo sedujo mientras bailaba. Danzó con otras pieles y coqueteó con otros hombres del lugar... Parecía que tanta calentura la hacían sentir absolutamente puta. Se paró en medio de las parejas y bailó sola. Pero volvió a él.
El licor navegó por sus venas hasta sumergirla en una laguna mental. Al día siguiente recordaría imágenes latentes de un auto en la autopista, las manos y la ronca carcajada de un travesti y, el sonido rimbombante de un trompeta que acompañó la serenata que él le trajo al carro.
En su casa, él irrumpió en el baño mientras ella orinaba, la levantó del orinal y su ropa interior rodó hasta sus tobillos, levantó su falda y la volteó. Ella se sotuvo de la pared mientras meneaba su coño al ritmo en que daba vueltas su cabeza. Él rodó su cara por su espalda. Aspiraba su piel como si quisiera arrancarle el aroma. Se deslizó. Besó y mordió sus nalgas. Ella cerró la tapa del inodoro y se giró, colocó sus manos en su pecho y volvió a girar. Él se sentó. Ella se le encaramó encima y se posó ansiosa. Él la levantó de la cintura y lo sacó al llegar... Ella sonrió y se sintió tranquila....
Esa noche durmireron abrazados y sintieron por fin calma... Ella se despertó y se fue casi para siempre... algún tiempo después, por voluntad del destino, él sería su compañero en clase de Tantra Yoga.
Un réquiem por ese especímen casi anormal que une lo más trascendental y elevado del amor, con lo más salvaje y básico de nuestro instinto.
Porque adoro ser al puta del hombre que amo...
Porque mi amor nunca pierda la magia del platonísmo y la verdad de la piel.
