Wednesday, January 17, 2007

Mi Vecindad

Mary y Peter eran novios. Jugaban conmigo en la calle y luego me llevaban a una habitación y me forzaban a besarme con morocho, un niño que vivía frente a mi casa. Aprisionaban mi diminuta cabeza a la suya y contaban hasta 30. Recuerdo contemplar sus ojos grandes y distorsionados y recuerdo darle un mordisco tan fuerte en su labio hasta hacerlo sangrar. No soporte la sensación de fastidio que me produjo hacer algo que yo no quería y creo entender ahora por qué odio todo lo que me indique obligación. Suelo hacer trampa en mi cabeza para sentir que siempre quiero. Creo que en eso radica mi esperanza.

El viejo Gerardo era profesor de física. Bebía como costumbre en las tardes de fútbol. Oía los partidos en un radio de pilas que solía pegar a su oreja. Cuando su equipo perdía, lloraba y salía disparado al baño. Sus vómitos tapaban la cañería del lavamanos que luego mi mamá destaponaba con un trapero. Era calvo pero sus pocos cabellos siempre estaban despeinados. Usaba lentes de marco grueso y negro. Fue el primer hombre al que vi llorar en la vida.

La señora Amanda vivía con su esposo de bigote negro. Era una pareja de recién casados e infértil. Recuerdo que solía pedirle a mi mamá que me dejara dormir con ella y su marido. En la noche en medio de los dos, me enseñaba a contar de diez en diez. Me gustaba su forma de quererme, me hacía sentir protegida. Aunque pensándolo bien…no sé si ella o la pistola que descargaba su esposo en la mesita junto a la cama todas las noches antes dormir.

Doña Johanna se ponía los calzones en la cabeza mientras hacía los oficios domésticos. Cantaba y procuraba siempre estar hermosa, aunque tenía casi 40. Usaba minifaldas y pintaba sus uñas de rosado. En las noches le gustaba que yo la acompañara a trotar y hacíamos ejercicios para levantar el busto, aunque a mí me saldría ocho años después. Maldecía con una expresión que jamás he vuelto a escuchar y que no sé en realidad qué significa: “Ahh…buchiverde”. Todos en el barrio le traían ganas pero ella sólo tenía ojos para su esposo Gonzalo. Recuerdo las miradas de los dos, y recuerdo adivinar en ellas el morbo, vislumbrar el gusto y el deseo. Miradas por supuesto que jamás vi regalarse a mis papás.

Lunardi… Ay Lunardi… Este era un tipo con la mitad del rostro quemado, no tenía una oreja y el labio inferior le colgaba. La mayor parte del tiempo parecía normal, jugaba conmigo y mis hermanos, sin embargo, en luna llena se acentuaba su pequeño retraso mental, algo que los científicos de hoy en día no esclarecen en algunos pacientes y han llamado como la tierra de nadie. Ahí se ubicaba Lunardi, se encerraba en su guarida en el patio de atrás, que era el que mi mamá le había subarrendado. Recuerdo que se pegaba de la estrofa de una canción que repetía y repetía sin parar. Decía algo así como: “Mujer ingrata porque te fuistes…”. En Lunardi descubrí la enfermedad de la mente… del espíritu… La horrorosa e irrefrenable posesión del ego sobre el yo y el solapado y socarrón odio del ser humano, escondido y disfrazado en la debilidad y la desventaja.

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